Año 3000: ¿qué pasó con la sociedad?
Memorias de un tiempo que aún no existe — Segunda parte
Esta vez recordé una fecha antes que un paisaje: año 3000.
No sé quién me la dijo. Quizás estaba grabada en una piedra a la entrada del poblado o quizás la había oido tantas veces que terminó por confundirse con mis propios pensamientos. Lo cierto es que, cuando abrí los ojos en aquel otro lugar, la cifra me pareció tan natural como el olor a humo que salía de las casas.
No había fábricas. Tampoco torres de telecomunicaciones, autopistas ni máquinas capaces de producir nuevas máquinas. En las ruinas de una antigua zona industrial crecían árboles de tronco blanco. Los edificios de acero estaban abiertos como esqueletos y sus vigas se reutilizaban para sostener invernaderos. La gente conservaba herramientas, pequeños mecanismos y objetos heredados, pero casi nadie sabía fabricar sus componentes. Un vidrio intacto podía pasar de una familia a otra durante generaciones.
Estaba allí y me parecía como si no fuera la primera que vez en este lugar.
Me recibió una comunidad levantada alrededor de un observatorio en ruinas. Sus habitantes llamaban al lugar el Círculo. Tenían talleres de cerámica, hornos de carbón vegetal, jardines medicinales y una biblioteca donde los libros se copiaban a mano. La electricidad existía en cantidades modestas, obtenida de corrientes de agua y de unas pocas piezas antiguas que reparaban hasta el agotamiento. Lo que había desaparecido era la inmensa red de industrias, minas, transportes y conocimientos especializados que antes permitía producir materiales nuevos a escala mundial.
—¿Por qué no reconstruyen las fábricas? —pregunté a una mujer que trabajaba el cobre.
Se llamaba Nerea. Dejó sobre la mesa una lámina delgada y me mostró un aparato con una pantalla apagada.
—Podemos comprender para qué servía. Podemos reparar algunas partes. Pero para fabricar esta sola pieza harían falta herramientas hechas por otras herramientas, materiales de lugares que ya no conocemos y miles de personas que supieran trabajar juntas. No perdimos una máquina. Perdimos la cadena que la hacía posible.
Me contó que el derrumbe no había sucedido en un día. Las crisis de energía, las guerras por los recursos, las migraciones y el abandono de infraestructuras habían roto poco a poco las conexiones entre regiones. Hubo lugares que conservaron conocimientos y otros que los transformaron en relatos. Nadie poseía una historia completa.
Al caer la tarde escuché una campana. Las personas dejaron sus tareas y se reunieron bajo la cúpula incompleta del observatorio. Pensé que asistiría a una ceremonia religiosa, pero no había un altar único ni una autoridad que dirigiera a todos. Una anciana encendió una lámpara; un joven recitó un poema sobre el origen del agua; otra mujer guardó silencio con las manos abiertas. Después comenzaron a conversar sobre una estrella que acababa de aparecer en el horizonte.
Pregunté qué religión practicaban.
Nerea me respondió con otra pregunta:
—¿Cuál de todas?
Me explicó que las antiguas religiones no habían desaparecido. Algunas comunidades mantenían sus escrituras, sus plegarias y sus celebraciones. Otras habían perdido templos y linajes de maestros, pero conservaban fragmentos de sus tradiciones en canciones, calendarios y costumbres. También habían surgido creencias nuevas, nacidas de la experiencia de sobrevivir en un mundo frágil. En el Círculo convivían creyentes de distintas tradiciones, personas que no creían en ninguna divinidad y otras que preferían no poner nombre a lo que sentían ante el universo.
—Antes discutían si el cielo estaba vacío o habitado por dioses —dijo Nerea—. Ahora seguimos discutiendo. Solo que tenemos menos techos bajo los cuales hacerlo.
La frase me hizo sonreír. Yo había imaginado que el futuro resolvería las grandes preguntas o las olvidaría por completo. Allí descubrí que la necesidad de preguntar había sobrevivido a las máquinas.
Durante los días siguientes conocí a quienes llamaban alquimistas. Su taller estaba instalado en una estación de tren abandonada. Había frascos de colores, balanzas mecánicas, hornos pequeños y paredes cubiertas de símbolos. Esperaba encontrar personas obsesionadas con convertir plomo en oro. En cambio, vi a un muchacho separar pigmentos de una raíz y a una anciana estudiar cómo recuperar sales de una cisterna.
Su maestro, Darío, me explicó que habían recuperado la palabra alquimia para reunir oficios que el mundo anterior había separado: metalurgia, herboristería, química elemental, conservación de alimentos y una práctica filosófica centrada en la transformación personal. Algunas de sus técnicas funcionaban y podían demostrarse. Otras eran hipótesis. Y algunas, admitió, pertenecían al terreno de los símbolos y de la fe.
—No confundas una metáfora con una medicina —me advirtió mientras calentaba un recipiente—. El fuego puede purificar un metal. Que purifique el alma es una pregunta diferente.
Sin embargo, no todos pensaban como él. En el mercado conocí a un hombre que vendía amuletos contra la radiación y aseguraba que ciertas piedras curaban cualquier enfermedad. Nerea me llevó aparte y dijo que las épocas de escasez también producían charlatanes. Los habitantes del Círculo querían conservar su capacidad de maravillarse ante lo desconocido, imaginar posibilidades y aceptar que todavía existían misterios. Sin embargo, comprendían que no podían creer cualquier afirmación sin pruebas, especialmente cuando una creencia equivocada podía poner en peligro la vida de otras personas.
Una noche subí con Darío hasta el observatorio. El telescopio original había perdido sus lentes, pero sus enormes anillos metálicos todavía giraban a mano. Sobre la cúpula abierta brillaban miles de estrellas que nunca había visto con tanta claridad. Darío me mostró un mapa celeste copiado durante siglos. En sus márgenes había anotaciones astronómicas junto a oraciones, mitos y cálculos incompletos.
—¿Esto es ciencia o religión? —pregunté.
—Es un registro de personas mirando hacia arriba —respondió—. Lo importante es aprender a distinguir qué parte describe el cielo y qué parte habla de nosotros.
Al día siguiente asistí a una discusión pública. Una joven quería destinar la escasa electricidad a restaurar un laboratorio. Un grupo de mayores proponía emplearla en el sistema de riego. Otros pedían mantener iluminada la biblioteca durante la noche para que los niños pudieran estudiar. No había una solución evidente. Por primera vez comprendí que su sociedad no había regresado simplemente al pasado: estaba obligada a elegir qué fragmentos del conocimiento merecían reconstruirse primero.
En la biblioteca encontré un libro que hablaba de enormes refugios vegetales capaces de desplazarse por el desierto. Sus páginas estaban manchadas y no tenían fecha. Mostraban dibujos de cactus con ventanas luminosas y raíces móviles. Sentí un escalofrío. Busqué el nombre de Mara, el de Ivo, cualquier pista que uniera mis recuerdos. No encontré ninguno.
—¿Son reales? —le pregunté a la bibliotecaria.
—Algunos dicen que viven más allá de las tierras quemadas. Otros creen que son una parábola sobre el cuidado mutuo. No tenemos pruebas recientes.
Esa respuesta me dejó una inquietud mayor que cualquier certeza. Si los cactus existían en ese mismo futuro, ¿había viajado yo entre regiones de un solo mundo? ¿O mi memoria había empezado a tejer historias con sus propios hilos?
Mi último recuerdo del Círculo es una celebración nocturna. Cada familia llevó una pequeña vasija con agua y la dejó bajo la cúpula abierta. No todos rezaron. Algunos pronunciaron nombres de sus muertos; otros compartieron observaciones del cielo o agradecieron a quienes habían reparado los canales. Nerea me entregó una vasija vacía.
—¿Y yo qué hago? —pregunté.
—Traé una pregunta —dijo.
Pensé en las fábricas abandonadas, en las creencias que habían cambiado de forma y en los alquimistas que buscaban transformar el mundo sin repetir sus errores. Pensé también en la ciudad verde que quizá se movía, en ese mismo instante, bajo otra luna del desierto.
Dejé la vasija en el suelo y pregunté en voz baja ¿Qué es lo que conserva una civilización cuando pierde las herramientas con las que se construyó?
No hubo respuesta. Solo el sonido del agua vertida por otras manos.
Desperté antes del amanecer, en mi habitación. La ciudad seguía encendida detrás de la ventana y mi teléfono estaba cargando junto a la cama. Lo tomé, miré la pantalla y pensé en la cadena invisible de minas, laboratorios, fábricas y personas que hacía posible aquel gesto insignificante.
Después busqué un cuaderno. No quería olvidar la pregunta que había dejado en una vasija vacía, bajo las estrellas del año 3000.
Fin de la segunda parte. Debo poner en orden todo lo que recuerdo, aveces se desvanecen.