La ciudad de los cactus
Memorias de un tiempo que aún no existe — Primera parte
No recuerdo cómo llegué al desierto. Un instante antes no había nada y, al siguiente, estaba de pie sobre una planicie de arena fría. Era de noche. La luna, desmesuradamente brillante, recortaba montañas lejanas y hacía relucir la costra blanca que cubría el suelo. No se oía un motor, ni el rumor de una carretera, ni siquiera un insecto. Solo el viento, que arrastraba granos de arena contra mis zapatos.
A lo lejos distinguí una construcción irregular. Tenía la altura de varios edificios apilados, pero ninguna línea recta. Su silueta se estrechaba y volvía a ensancharse, como si alguien hubiera intentado construir algo con barro húmedo. Había pequeños puntos de luz que salían de adentro. Caminé hacia ellos porque el frío comenzaba a entumecerme las manos y porque no tenía otro lugar al que ir.
Cuando estuve más cerca descubrí que aquella construcción era verde. No el verde limpio de las hojas después de la lluvia, sino uno oscuro, cubierto de cicatrices, pliegues y espinas tan largas como mi brazo. Los puntos luminosos eran orificios abiertos en su superficie. Detrás de algunos se movían sombras humanas.
Entonces el edificio se desplazó.
Fue un movimiento lento, casi imperceptible. La base se contrajo y algo parecido a un enorme rodillo surgió bajo una raíz. La estructura avanzó unos metros y volvió a detenerse. Pensé que el cansancio me estaba engañando. Un segundo bulto, más pequeño, se deslizó detrás del primero, dejando dos surcos paralelos en la arena.
—¡No te quedes ahí! —gritó alguien desde una abertura—. ¡La temperatura va a caer!
Una mujer me hizo señas con una lámpara de luz amarillenta. Me acerqué con cautela. Una sección de la pared se abrió hacia adentro, como los pétalos de una flor demasiado gruesa. Al cruzarla sentí un aire templado, húmedo, con olor a tierra y a savia. La puerta volvió a cerrarse detrás de mí sin un golpe: sus bordes simplemente se unieron.
La mujer se llamaba Mara. Me ofreció agua en una taza hecha con una corteza endurecida y me preguntó de qué asentamiento venía. No supe qué responder. Observó mi ropa, mi desconcierto y mis manos temblorosas; decidió que las explicaciones podían esperar hasta el amanecer.
—Estás dentro de un cactus —me dijo, como quien aclara que una casa tiene techo.
Me reí. Ella no.
Las paredes interiores estaban recorridas por nervaduras translúcidas. Entre ellas habían construido plataformas de madera, habitaciones pequeñas y puentes de cuerda. El suelo cedía ligeramente bajo mis pasos. En algunos tramos sentía un pulso lento, profundo, como si el lugar entero durmiera. Decenas de personas compartían aquel refugio: niños que jugaban junto a depósitos de agua, ancianos que remendaban tejidos, hombres y mujeres que revisaban conductos por donde circulaba un líquido transparente.
Mara me explicó que el sol había cambiado. No sabía si por un proceso natural, una catástrofe antigua o una combinación de ambas cosas. Las generaciones que lo habían presenciado ya no estaban; quedaban relatos contradictorios y registros que nadie podía consultar. La radiación que alcanzaba la superficie era peligrosa y el calor diurno era mortal para cualquiera que enduviera afuera sin protección. Al mediodía, incluso las piedras parecían quebrarse.
Los cactus habían sobrevivido cuando casi todo lo demás desapareció. Durante generaciones, los habitantes del desierto habían seleccionado los ejemplares que retenían más agua y resistían mejor la luz. Con el tiempo —y con métodos que Mara apenas podía describir— aquellos organismos se habían transformado en refugios enormes. Sus tejidos ricos en agua atenuaban parte de la radiación; las capas exteriores dañadas se desprendían y volvían a crecer. Sus cavidades alojaban familias enteras.
Pero lo más extraordinario era que podían moverse.
No tenían ruedas fabricadas. Lo que yo había visto desde lejos eran almohadillas circulares de tejido endurecido que giraban mediante contracciones lentas. Durante la noche recorrían el desierto en busca de antiguos acuíferos. Hundían raíces exploradoras en la arena, reconocían la humedad y absorbían el agua con una paciencia que ninguna máquina habría tolerado. Cuando encontraban una reserva suficiente, se detenían durante días.
—¿Y quién los conduce? —pregunté.
Mara apoyó la palma sobre la pared. La superficie se contrajo suavemente bajo sus dedos.
—Nos escuchan, a veces. Pero no nos pertenecen.
Pasé varios días allí. O eso creo. Ayudé a trasladar recipientes, aprendí a dormir con el rumor del agua circulando detrás de mi cabeza y conocí a un niño llamado Ivo, que podía distinguir por las vibraciones cuándo nuestro refugio estaba sediento. Una noche me llevó hasta una abertura alta. Desde allí vi otras siluetas verdes moviéndose a la luz de la luna. Parecían una caravana de gigantes silenciosos, cada uno con pequeñas ventanas encendidas y una comunidad respirando en su interior.
Al tercer amanecer que recuerdo, sonó una alarma que salía de un gran cuerno. Todas las aberturas se cerraron. Las plataformas inferiores se inundaron con una fina película de agua y las nervaduras de las paredes se oscurecieron. Mara me hizo permanecer en una cámara central, rodeada por capas gruesas de tejido vegetal. Afuera, la primera luz del día cayó sobre el desierto como una sentencia. A través de un pequeño visor vi una piedra emitir vapor y una sombra contraerse hasta desaparecer.
Fue entonces cuando comprendí que aquel cactus no era simplemente una casa. Era una criatura que gastaba su propia agua para mantenernos vivos.
Al caer la noche salimos a reparar una herida abierta en uno de sus costados. Una tormenta de arena había arrancado parte de la corteza protectora. Los habitantes aplicaron una pasta de minerales y fibras sobre el tejido expuesto. Ivo se quedó a mi lado mientras trabajábamos.
—¿Puede morir? —le pregunté.
—Claro —respondió, sorprendido de que no lo supiera—. Por eso lo cuidamos.
La respuesta me acompañó durante los días siguientes. En mi mundo, las ciudades devoraban el paisaje para seguir creciendo. Allí, una ciudad tenía sed, cicatrices y quizá una forma de memoria. Sus habitantes sobrevivían gracias a ella, pero ella también dependía de sus manos.
La última noche me despertó una vibración diferente. El cactus se había detenido sobre un depósito subterráneo. Todos guardaban silencio. A través de las paredes escuché un sonido semejante a una lluvia lejana: miles de raíces abriéndose paso hacia el agua. Mara sonrió y dijo que tendríamos suficiente para continuar hacia el norte.
Quise preguntarle qué había al norte. También quise saber en qué año estábamos y por qué nadie parecía sorprendido de que yo hubiera aparecido de la nada. Abrí la boca, pero una claridad blanca atravesó la habitación.
Desperté en mi cama.
El reloj marcaba las siete y doce. Afuera pasaba el camión de la basura. Tenía las piernas doloridas, la garganta seca y una tristeza desproporcionada por haber abandonado a personas a las que, según el calendario, nunca había conocido. Me levanté y busqué papel antes de que sus rostros se desvanecieran.
Todavía recuerdo la mano de Mara sobre la pared verde. Recuerdo el pulso que respondió al suyo. Y cada vez que riego la pequeña planta de mi ventana, me pregunto si algún día sus descendientes llevarán ciudades enteras sobre sus raíces.
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