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Cuando Elías despertó

Un hombre comienza a recordar vidas que parecen transcurrir en épocas y lugares desconocidos.

24 septiembre 2026 3 min de lectura Por SitioDeRubros.com

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Serie: Memorias de un tiempo que aún no existe

Parte 1 de 3

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Cuando Elías despertó

Memorias de un tiempo que aún no existe — Introducción

La primera vez que ocurrió, pensé que había tenido un sueño demasiado largo.

Me llamo Elías. No soy científico, ni profeta, ni alguien especialmente inclinado a creer en lo sobrenatural. Hasta hace unos meses, mi vida podía describirse con una facilidad casi ofensiva: trabajaba, regresaba a casa, preparaba algo de comer y me dormía con algún libro abierto sobre el pecho. Había mañanas en las que ni siquiera recordaba lo que había soñado. Después llegó aquella sensación.

Desperté un jueves con arena bajo las uñas.

No había arena en las sábanas ni en el suelo. Solo una línea oscura en los pliegues de mis dedos y una sed que no se calmó con dos vasos de agua. Miré el reloj: habían pasado siete horas desde que me acosté. Sin embargo, estaba agotado como después de una caminata de varios días. Sentía nostalgia por personas cuyos nombres no conocía.

Los recuerdos no aparecieron de inmediato. Durante el desayuno, una luz que entró por la ventana me obligó a cerrar los ojos y, de pronto, vi una extensión de tierra agrietada bajo dos sombras desiguales. Más tarde, al pasar frente a una florería, el olor húmedo de la tierra me devolvió una imagen todavía más extraña: una pared verde, tibia, que parecía respirar.

Creí que se trataba de una pesadilla persistente. Pero volvió a suceder.

Cada ciertos días me despertaba con la impresión de haber estado ausente durante muchísimo tiempo. En ocasiones recordaba apenas una conversación; otras, una ciudad completa, sus calles, el sabor de su comida y el rostro de alguien que me había ofrecido refugio. El calendario insistía en que solo había dormido una noche. Mi cuerpo y mi memoria parecían llevar cuentas diferentes.

Comencé a anotar lo que recordaba. Al principio eran palabras aisladas: luna, agua, espinas, puertas. Después llegaron escenas enteras. Aprendí que debía escribirlas antes de que el ruido cotidiano las borrara. Descubrí también algo inquietante: había lugares a los que regresaba. Las personas parecían reconocerme y, en algunas de esas vidas imposibles, yo recordaba haberles hecho promesas.

No sé si viajo mientras duermo. No sé si mi mente inventa futuros con la precisión de un testigo, o si esos lugares existen en alguna parte a la que todavía no sabemos llegar. He buscado explicaciones en libros de neurología, en relatos antiguos y en conversaciones que terminan con una sonrisa incómoda. Ninguna explica por qué extraño una ciudad que, hasta donde sé, nunca ha existido.

Lo que sigue no es una profecía ni un informe. Es la puesta por escrito de lo que recuerdo. No pretendo convencer a nadie; ni siquiera estoy seguro de creerme a mí mismo.

Esta mañana desperté otra vez con sed. Cerré los ojos y regresó la imagen de una luna enorme sobre el desierto. Bajo su luz había algo que, desde lejos, parecía un edificio deformado. Ahora recuerdo lo que ocurrió cuando me acerqué.

Y esta vez voy a escribirlo todo.


Continúa en «La ciudad de los cactus».

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